Producción literaria > Narrativa

Las bastoneras

Beatriz Minichillo

¿Usted qué número tiene? me preguntó agresivamente. Sin hablar se lo mostré. Estábamos en un banco a la espera de ser llamados para diversos trámites. Su mirada era dura. “A mí no me van a pasar” dijo, dirigiéndose a algún interlocutor que quisiera oírla. Parecía una viejecita dulce pero su tono de voz lo desmentía. Miré a ambos lados de mi ubicación y me encontré rodeada por dos ancianas, cada una de ellas ostentando un bastón que enarbolaban de manera intimidante. Es más por el pasillo que quedaba libre entre los asientos y los lugares de atención, avanzaban otras, todas blandiendo sus respectivos bastones que golpeaban vigorosamente contra el piso.
A simple vista parecían inofensivas pero su poder estaba radicado en ese adminículo que sus manos sostenían como quien sostiene un arma. Un principio de pavor se apoderó de mí, allí sentada como un reo que aguarda su sentencia. ¿Serán una secta? me pregunté, porque no podían haberse concentrado todas en el mismo lugar en ese momento determinado. Algunas disimulaban sus achaques pero no la mirada dura, seca, la seguridad de saberse con un elemento poderoso en sus manos. Había escasos hombres y ninguno portaba bastón. Solo ellas, que se hablaban entre sí pergeñando vaya a saberse qué confabulación. Y lo más curioso: no estaban acompañadas por hijos o nietos solícitos. No, estaban solas, omnipotentes, dispuestas a lo que fuese necesario. ¿Una conspiración de jubilados, me pregunté? Y me hice chiquita en medio de la multitud.
Criticaban al personal femenino de la institución bancaria, simplemente porque se extendían en alguna consulta con personas que eran de la misma edad que ellas. Aunque en el fondo, yo, tomando distancia de ambas posiciones, creo que era simplemente porque las empleadas eran jóvenes, tersas, caminaban rápido y daban respuestas precisas. Pero las ancianas iban por más, no querían oír las preguntas ajenas, solo estaban atentas, como cuervos ante la presa, al rosado número que tenían en sus manos. De vez en cuando se acercaban a alguna empleada y con un gesto dulce- pero artificial- las saludaban pero no por afecto sino como aquel que dice “aquí estoy yo, por favor no olvidarse que estoy yo.”
Solo las delataba un leve temblor en el bastón, una leve sacudida, como quien carga y revisa el arma antes de utilizarla. Y se miraban entre ellas. Astutamente, con una falsa ingenuidad. Sus ojos eran a veces llameantes, taladraban las otras miradas, como queriendo atravesarlas. Y no hablaban, solo estaban en posición de ataque. Estoy segura de que ante el llamado de una de ellas las otras correrían -bueno, es un decir- caminarían lo más rápido que sus bastones se lo permitieran para iniciar el ataque.
Y allí, en ese instante lo supe. No más delincuentes juveniles o jóvenes, vestidos con remeras y jean o trajes de oficinistas, una nueva generación se estaba gestando: las bastoneras que sin disparar un solo tiro ni proferir amenaza alguna, en un momento dado empezarían a caminar hacia las cajas, hacia los escritorios blandiendo su armamento de madera y sus ojos mentirosos de viejecitas nobles con sus pasos lentos pero nunca hacia atrás, sus figuras pesadas o livianas pero nunca débiles. Lo supe y empecé a retroceder mientras ellas comenzaban a avanzar como el guerrero que conoce su táctica y está seguro de su éxito.
Y puedo asegurar que no están solas, hay miles de ellas, no solo en los bancos, también en las carnicerías, los almacenes, los supermercados, los consultorios médicos, en la vía pública. Son un ejército anónimo y temible, ellas, las bastoneras, que sin ninguna duda tienen hijas e hijos dóciles y nietos rebeldes que desconocen su submundo. Por eso, si las encuentran, crucen de vereda, vayan a otro lugar, aléjense, porque corren peligro, no ellas, sino ustedes, nosotros todos. La única forma de salvarse es llegar a esa edad y apropiarse de un bastón, en especial esos que se apoyan con fuerte ruido en el piso, pero tengan en cuenta algo muy especial: no cualquiera puede ostentar el derecho a pertenecer a la secta. No, hay ceremonias de iniciación. No se sabe dónde las realizan pero existen. Cuidado con los centros de jubilados, cuidado con esas personitas que parecen endebles y a cuya vera descansa un bastón. Cuidado, no se descuide, mire a sus espaldas, esté atento. Las bastoneras están al acecho y usted, sí, usted puede ser su próxima víctima. Por lo menos se lo advertí.

El profesional

Martin Domecq

La construyó como se levantan los palacios de cartas: con mucho cuidado y precisión, respetuoso de cada circunstancia, de cada detalle, atento a la respiración y al pulso. Eligió cimientos firmes de su historia y encajó las piezas unas con otras: las que creía verdaderas, las verosímiles, las falsas, las artificiales, las truchas. Nada quedó librado al azar. Era arquitecto y esa fue la única obra en la que desempeñó todos los oficios: proyectista, maestro mayor de obras, albañil, plomero, pintor, diseñador de interiores, vendedor… La estructura ganó complejidad y altura, hora tras hora, día tras día. El ritmo de su desarrollo fue vertiginoso. En poco tiempo, ni él podía dar crédito de la magnitud de su creación. Todo lo que había antes parecía falso al lado de esa obra maestra. La luz y el viento aireaban la estructura sin comprometerla. Se respiraba sosiego. Esa era la prueba última de que su mentira no sólo era verosímil: lograba incluso convencer el corazón de los seres que lo amaban. Sin embargo, una pregunta insidiosa le roía el alma: ¿quién elegiría libremente vivir en su palacio? En ciertos momentos de debilidad, sentía que había construido una cárcel de cristal, una prisión en la que él mismo se había encerrado junto a sus seres queridos. Por suerte, esos momentos no eran muchos; predominaba el sentimiento vital de haber inventado un mecanismo de relojería, un juego perfecto basado en la regla más antigua y simple del lenguaje: los límites de una palabra nunca coinciden con los límites de la cosa que nombra. Ese margen, siempre que se respetaran ciertas reglas arquitectónicas, habilitaba todo tipo de construcciones: mitos, ficciones, mentiras… ¿Qué culpa tenía él si la gente confiaba tanto en las palabras e insistía en sujetarlas a algo tan frágil y superficial como su idea de verdad? ¿Cuántos dormían a la intemperie por causa de esa fe? Su mentira, en cambio, tenía la principal virtud de un edificio: era sólida. ¿Acaso no ofrecía un lugar seguro y cómodo para vivir?

El cerco

María Eugenia Rapp

Teófilo. Cuando pienso en su nombre lo veo parado como un brotecito en la vereda, de esos que tienen un cerco para que la gente no los pise, un cerco pequeño que también hace de límite, para guiarlo y contenerlo. Una ramita débil y oscura, un palito bastante sucio, con la piel grasienta y la barba incipiente, los labios finos por los que siempre asomaba un cigarro y los dientes amarillos. Era un hecho que nunca se bañaba. Mi madre trató de convencerlo de que se duchara una vez por semana. Le dijo, “tío padrino, ahora que yo voy a vivir en la casa, lo voy a dejar que entre a visitarme, siempre que se haya aseado primero”. Y ella quería creer que el tío se bañaría, quería dejarlo entrar a su casa y sentarlo a la mesa. Pero el abuelo Francisco, que lo espiaba por un hueco que tenía la ducha del fondo, sabía que no era cierto: sólo se mojaba un poco, sin jabón y se secaba con una toalla sucia.
Olía mal, aunque desde su cerco, nunca se aproximaba lo suficiente a la gente como para percibirlo. Mi recuerdo es haberlo visto de lejos, una tarde de mucho sol, su silueta finita y oscura contra la pared blanca, a unos metros de la puerta.
Había nacido en Villarramiel, España, en un pueblo de curtiembres que sí olía mal desde lejos. Una vez que llegabas se te acostumbraba el olfato y no tenías desagrado alguno. A los dieciocho Teófilo ya se había enamorado, pero la novia se le murió de repente, cuando ya estaba cosido, impecable, su vestido para el matrimonio.
Después de eso ningún lugar fue jamás el suyo. Le gustaba bailar en los casamientos de otros. Decía la gente, pobre Teófilo, como no tuvo su ceremonia, no se quiere perder una sola fiesta en el pueblo…hasta que un día lo descubrieron. Primero fueron rumores y la rueda de invitados que se agujereaba a su paso. Luego se supo: Teófilo aprovechaba el entrevero del baile y se fregaba contra la falda de las señoritas. Nunca más lo dejaron entrar. Se quedó sin mujer y sin celebraciones, solo para el resto de su vida. Y se vino a la Argentina siguiendo a su hermano Francisco.

Quizás por eso no se bañaba, allí en su cerco; así podía oler fuerte y rancio como su pueblo y recordar a la novia en su vestido blanco.

El extraño

Julio Bepré

No abrigo dudas de que se trata de un especial estado de mi psique, aunque me tranquiliza el hecho de que a esta situación ya la he vivido otras veces. Es difícil explicarla pero comienza por un despacioso alejamiento de mi vida habitual y de mi entorno, y así pasan horas y horas en las que se desvanecen lugares, hechos y personas. Pero, por favor, no se crea que se origina en mí una anomalía que exigiría ser tratada prontamente por un psiquiatra; digamos que no es más que una rareza involuntaria de mi personalidad, la cual –hasta ahora– nunca determinó un infausto delirio.

Es cierto también que cuanto refiero no impide que permanezca en mí un recuerdo de mi identidad, pero ésta, obedeciendo a un impulso misterioso al que nunca intenté o pude esclarecer, inicia sorpresivamente una progresiva fuga respecto a costumbres, deseos y hechos, al punto de que al volver a mi asuididad, los días se me presentan como un manantial de incertidumbres y sorpresas. Logro entonces descubrir circunstancias e imágenes que quizá por no estar ya cercanas, escapan de la percepción rutinaria que cada uno ejercita en la mayor parte de su tiempo. Oh, cuántas sugerencias he descubierto observando el paso de las nubes, cuántos matices me ha brindado un mar ya sereno ya encapotado, cuántos nuevos colores me han brindado las flores y árboles de tantos parques y jardines a los que suelo admirar en mis continuas caminatas… en fin, así el mundo se me aparece como lozano y distinto y entonces me urge tratar de buscar un conveniente asentamiento en el mismo, algo así como una nueva y apuntalada habitualidad, una reinserción en la que se me brinde algún significado de esa novedosa realidad que me posee.

Pero algún vestigio subsiste en ese proceso que me aleja de mí y me transporta a una realidad distinta: se amontonan imprevistamente rostros y sucesos lejanos que no tuvieron ninguna importancia cuando los viví. Por ejemplo, recuerdo a la perfección los rostros del conductor y guarda de un tranvía que puntualmente, cuarenta años atrás, abordaba cada mañana a la 8 a. m. para dirigirme a mi trabajo; o bien vuelvo a recordar cada detalle de ese barrio realzado con árboles frondosos que descubrí cuando paseaba por la ciudad en una motocicleta que había adquirido recientemente, y que me proporcionaba el placer de andar y andar sin rumbo, descubriendo despreocupadamente la ciudad en aquellos años de holganza y juventud. O también se hace presente el rostro de una bella muchacha de la que me enamoré en mi adolescencia y de la que recuerdo vívidamente el color de sus ojos y el timbre tierno e interrogativo de su voz… ¡Cómo es de portentoso cuánto me brinda este extrañamiento que se adueña de mí sin razón aparente alguna, y cuán inútil resulta eliminarlo o imponerle una orientación determinada…

Hoy salí de mi casa a las 10 de la mañana, y adquirí el diario que leía siempre, no sorprendiéndome que desde su quiosco el diariero me saludara como si fuera un extraño, como si me tratara por primera vez. Esto confirma ampliamente ese alejamiento al que me he referido; llegué hasta la plaza cercana y allí me puse a pensar en mí mismo, en cuanto creía que restaba por hacer y también por deshacer, en todo aquello que podía considerarse pendiente o no bien definido en mi vida.

Pero entonces tuve miedo por primera vez al no saber cuando cesaría este apartamiento de mi ser, y qué era lo primero que debía pensar y decir cuando volviera a la realidad anterior que me había abandonado tan paulatina y sibilinamente. Nada me ayudó a resolver y paliar mi inquietud, y aquí estoy en esta plaza esperando que algo o alguien me regresen nuevamente al tiempo del que misteriosamente me ausenté.

Súbitamente resolví subir a un ómnibus sin saber bien su destino, pues me convencí de que cuando llegara al final de su recorrido, comenzaría allí algo totalmente lozano o, al menos, entraría por fin en una habitualidad no sujeta al desasimiento periódico que vivo sin nada saber de su causa ni su sentido.

Un día cualquiera

Sonia Figueras

Hoy tengo deseos de escribir, no sé siquiera el día que es. Digamos uno cualquiera.
Soñé que la nieve ardía / soñé que el fuego se helaba
y por soñar imposibles / soñé que tú me querías….
¡Cuántos años hacen que esta estrofa está aquí adentro! Papá la recitaba, como “Le corbeau”, con gracia natural, entonación particular y viene a mí en el instante en que pienso en nuestro amor. Yo te amo. ¿Me amás vos? ¿En tu pecho sentís el mismo latido mío? ¿Acaso tus manos sudan como las mías? ¿El vahído que me acomete te invade igual que a mí? Sólo espero tu llegada. Me regodeo al presentir tus pasos presurosos, esa sonrisa amplia que descubre tus dientes blancos, perfectos, tan perfectos. Me pregunto ¿podremos alguna vez llegar a poner nuestras cabezas en la misma almohada y preguntarnos en la mañana cómo hemos despertado? No contestás mis últimas cartas. La espera hace que me sienta inmoralmente impaciente. Me asusta pensar en nuestro encuentro. Mi alma, mientras el aire envuelva mi doliente cuerpo y el temor se ensañe hasta la sima, seguiré buscando en lo profundo, ahí, entre tus brazos donde pretendo cobijarme, para desentrañar el misterio, el interrogante de mi vida misma. Tengo las alas quebradas en el esfuerzo delirado por volar hacia vos. El miedo me alucina. Anhelo en silencio que apacigüe la tormenta, las hojas de este invierno se dispersen, se sosiegue el viento y en un letargo, la turbación de paso al descanso de mi mente. Harta estoy de vibrar en esta espera. Miro a través del cristal del ventanal, oteo el infinito desesperada, me pregunto si en el titilar de las estrellas amagadas en el cielo oscurecido, culminan ya las formas fantasmales de tu ausencia o los dioses interceden y convierten en luz las sombras de mis sueños…y tal vez reviertan el sino y pueda bailar esa danza ensoñada, voluptuosa. ¿Llegará la pretendida felicidad que ansío? ¿Se hará verdad esta danza que imagino afrodisíaca?
Dejo de escribir y salgo a las calles a buscar un signo de tu amor. Mil pájaros cantan a la felicidad, mil flores la perfuman. Quizás vengas a mi encuentro. Te aguardo.

Quizás traigas una rosa blanca, yo recueste mi cabeza en tu hombro y deslices tus manos sobre mi pelo negro que peino con ahínco exclusivamente pensando en vos. Ambiciono hallar el punto exacto del fugaz momento en que se fundan el amor y mi atormentado intento. Quiero gritar por las calles que te amo. Definir que ese es el amor y acceder al subrepticio, al diminuto éxtasis del instante en que se encuentren nuestras miradas. Elucubro que de tus manos vendrá la fuerza para soportar, vivir, en esta silla que me ata en este mundo lleno de esperanzas muertas y…revivir.
Sé por qué sufro, por qué lloro aún teniendo vida todavía.

Sé también…que jamás has existido.

Packard

Hugo Portillo

“Sé que estoy soñando, no tengo ninguna duda y también sé que bastará que me despierte para que esta pesadilla se termine”
Mientras tanto estoy obligado a seguir al volante de un auto que no me obedece. Recostado en el respaldo trato de pensar una salida a mi situación mientras escucho un tango que sale de la radio. Lo interpreta D’Arienzo, pero no sé el título. Este Packard fue muy importante en mi vida. Fui su primer dueño y gracias a él Laura, por fin, aceptó salir aquella noche. Le debo mucho, y tal vez sea por eso que se conduce solo, como mis recuerdos. Pero esto es un sueño y nada más. Trato de despertarme y no puedo. Comienzo a sospechar que estoy soñando que sueño un sueño y que mi problema puede ir complicándose cada vez más.
Traté de tirarme a la ruta pero no pude, la puerta estaba herméticamente cerrada. Luego arranqué los cables del contacto y el muy hijo de puta igual siguió andando. Por el costado de la carretera vi adelantarse un tren, los pasajeros no reparaban en mí a pesar de los gestos frenéticos que hacía para atraer su atención. Terminé viendo como el vagón de cola se perdía allá lejos dejando atrás un par de vías oxidadas.
Cuando terminó el tango el auto se paró solo.
Miro hacia los costados y me encuentro en el mismo lugar, no avanzamos nada desde que aparecí aquí adentro. La banquina permanece inalterable. Del otro lado del alambrado la misma vaca me sigue mirando con su cara de estúpida.
¿Será que estoy despertando de un sueño anterior?
Siento el cuello pegajoso, lo toco y en mis dedos veo sangre. No dudo que fue el tipo de la navaja que va sentado en el asiento de atrás. Juega con ella a pesar de que su hoja está plegada. Pero también sospecho que la herida me la hizo mi mujer con la uña del dedo meñique (la tiene demasiado larga). Va sentada a mi lado y me mira de una manera extraña, igual que cuando practicaba clavándola en la pechuga de un pollo.
Un grito salió de la garganta de la chica que está tirada en el asiento de atrás. ¿Esa chica será Laura? No, Laura va adelante, a mi lado. Entonces, ¿quién es? Me parece que en este auto se cometió un crimen ¿El hombre de la navaja mató a la chica? Tal vez por eso se ríe tan torcido. ¿Será de cruel que es, o tuvo un ACV?
¿Y el viejo de los tiradores rojos?
“Me parece que sigo soñando que sueño, pero ya no estoy seguro en qué parte estoy”
Una luz intensa nos inmovilizó, no era la policía, era un fotógrafo ¡No se muevan! gritó antes de disparar el flash. Quedé atrapado en la foto como chofer del Packard mientras la pareja sonreía feliz desde el asiento de atrás. La chica se sacaba el vestido muy despacio mientras el tipo se limpiaba las uñas con la navaja siempre cerrada.
El viejo de tiradores rojos, sentado adelante, le mostraba la foto a mi mujer (Me parece que se la quería voltear) mientras se reía con toda el asma del mundo.
Caigo afuera del Packard, sin saber cómo pude abrír la puerta (en realidad me caí de la cama) y veo los zapatos de mi mujer y los del viejo de tiradores rojos. Acaban de entrar a la habitación.
“Salí del primer sueño pero sigo soñando con los tiradores y la uña del dedo meñique de la turra de Laura”
La sangre se va extendiendo por el piso, la veo salir de la habitación y derramarse por la escalera.
Ellos se acercan, dicen que para ayudarme. No les creo, sé que me van a atacar.
“¡Si consigo despertarme se termina todo!, me grito esperanzado”
Pero no puedo, el terror me paraliza, quiero correr, resbalo en mi propia sangre y comienzo a caer por la escalera. Abajo me espera la uña del dedo meñique de mi mujer. El esmalte plateado emite pequeños destellos, detrás, ella sonríe confiada.

El regreso. Segundo Premio, Concurso Casa Carnacini. La casa museo del pintor de Villa Ballester Carnacini.

Ana María Pucci

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Estamos todos.
La mesa majestuosa en la que nunca me había sentado tiene hoy un lugar para mí. Ellos seguramente la habrán usado antes, durante estos veinte años de mi ausencia. Por aquellos tiempos nuestras comidas las hacíamos en el comedor pequeño que queda cerca de la cocina.
Los estoy observando. Detrás de la mirada azul de María ,mi hermana mayor, aparece la niña de entonces, la que me apretaba las manos después de los castigos, para contener mi rabia. Cuando la imagen se esfuma aparece la María que acabo de reencontrar. Tiene ojeras violetas y dos profundos surcos en la frente
Llega mamita arropada en un pañolón oscuro. Lleva los aros largos que ha usado toda la vida, el pelo en una trenza rodete Su cara pequeña y arrugada encierra ojos de mirada perdida.
Empieza la comida.
El olor de las flores del velorio de mi padre llega desde el salón grande.
Flora, la vieja criada, ha dejado paso a una mujer enjuta y debilucha que apenas puede con la sopera de porcelana.
Estamos todos
Los siete hermanos. Ellos con sus familias. Mis hijos quedaron a cargo de mi ex mujer y la muchacha que calienta mi cama está en Madrid preparando un examen.
Bodo bendice la mesa. Odiaba que lo llamáramos Baltasar. Está viejo y obeso como una ballena. Luca y Marco siguen flacos y pálidos como mi madre. Danila y Fancesca muestran las marcas de los años y se perecen a mi padre. Olvidé decir que Bodo es sacerdote.
Miro mi cara reflejada entre los vidrios entornados.
Detrás del silencio el paso de la muerte mueve los hilos del pasado.
De ese pasado que susurra, que provoca, trayendo voces veladas y rostros desdibujados. .
De algo hay que hablar. En estos casos los diálogos tienen que ver con los recuerdos rosados. Los veo venir y se me revuelven las tripas.
Te acordás cuando pescábamos en el arroyo, Flora nos esperaba con arroz con leche, Y las noches persiguiendo luciérnagas, Y las navidades con aquellos pavos enormes, Y la casita del árbol.
Las botellas de vino de la bodega de mi padre ya han vaciado su
contenido, empiezan a llegar los licores y los bocaditos dulces.
A punto de servir el café, mis sobrinos, los jóvenes y los pequeños se levantan de la mesa, a su gusto. Me maravilla que lo hagan sin permiso de nadie. Entonces yo les pido por favor que se queden solo unos minutos más.
Yo también recuerdo, digo, lo que contaron mis hermanos, pero ninguno habló del atardecer de los viernes. Se vuelven a sentar y me miran. Se parecen a los que fuimos entonces pero la mirada es diferente. Enfrentan la mía.
Entonces digo:
“Cada viernes, sobre el atardecer, de a uno y en silencio nos poníamos en ronda, Flora había preparado las siete sillas de respaldo alto.
Mi padre entraba.
Nos recorría con la mirada.
Parado cerca de la estufa chasqueaba el rebenque sobre su pierna izquierda. El ruido marcaba nuestras confesiones.
Después anunciaba que debíamos delatarnos. Lo decía con la voz en alto mientras el golpe rítmico del rebenque nos perseguía.
Luego venía el castigo.
El tiento de cuero azotaba nuestras nalgas. Nos hacía llegar a su lado de a uno, desnudos de la cintura para abajo. Debíamos acostarnos sobre sus rodillas., dejando los brazos y la cabeza colgando. Después recogíamos la ropa y nos vestíamos sin mirarnos, con los ojos cerrados, para no cargar con más pecados.
Flora nos servía sopa.
María apretaba mis manos.
Llorábamos en silencio.
Mamita nos esperaba al final de la escalera con el rosario entre las manos. Nos besaba en la frente y nos hacía hincar frente al Cristo que colgaba de las cuentas”.

Un silencio de tajo se va instalando.
Me voy antes de que su filo me alcance otra vez

Una fábula. Del libro “El ojo en la cerradura”.

Mireya Keller

“… y la tierra es empinada. Se desgaja por todos
lados en barrancas húmedas, de un fondo que se pierde
de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas
barrancas suben los sueños; pero lo único que vi
subir fue el viento …”

Luvina
Juan Rulfo

Si las ruinas de la Aldea se ordenaron y a las ratas las exterminaron y no hay más latas vacías en los techos y con los cartones ya no se come ni se pintan carteles de mentira y en el fausto de las iglesias duermen los niños de la calle y en los altoparlantes no se cantan marchas de victoria ni de guerras, porque el frío se fue, con los campos de exterminio, Bosnia se fue, como se fue el Golfo, y la tortura, ene. Cemento frío de Santiago, los degollaron, y en los cerros de Tucumán, ahí también fue, medio selva, medio calor, miedo, miedo húmedo, miedo enterrado, fueron enterrados, con las ideas que nunca les sacaron, con las ideas también el Muro, también Giordano de Italia, y la Juana de Francia, los quemaron, como se quemó la Alejandra de Martín, como se murió Carlota, la de Harry, con el Amor a cuestas, sí, or las cuestas, los persiguieron, con metralletas, sin crucificarlos, las cruces se acabaron, y los héroes se agotaron, solo están las tumbas, de los viejos jubilados que peleaban en las plazas, de los jóvenes mutilados, les cercenaron piernas y brazos y después los mataron, y se rieron de la hazaña como niños mientras crecían los niños, sin ojos, y en la boca los callaron, y la Ilusión que a veces los rondaba también la enterraron, y quedaron solo ellos, los pequeños idiotas, distribuyéndose por rincones, acomodándose multiplicándose, cabalgando, miles de ellos cabalgando con las ratas por el mundo de cloacas, madrecloaca padrecloaca por qué los hijos, porque los hijos, la especie, el instinto, aferrándose como siempre, como puede, dando la vuelta el ciclo huele se pudro y después renace, como siempre, como puede, en medio del exterminio, y otra vez se levanta el Amor entres las ruinas de las cloacas, Espartaco y sus huestes de harapos, y Cristo en harapos, y las Cruzadas, y la Inquisición y su fausto, otra vez las espadas, otra vez Gandhi y los cañones de los ingleses, otra vez la sangre en los campos y el hambre y el frío que vuelve, siempre vuelve, en todas partes, menos en la Aldea, si ahí exterminaron a las ratas y sus festines y sus convidados es porque la Aldea es una fábula que

Encuentro. 1º Concurso Literario Luis Catinari 2010. Primer Premio

Marcos Polero

Apretujado en su celda diminuta, con los pies haciendo presión sobre la pared de  enfrente, la espalda aplastada contra la pared del fondo, el frío y la humedad calando en el cuerpo hasta los huesos;  esperaba con la certeza de que era lo único que podía hacer. Esperaba sin saber qué esperar, sin saber cuánto esperar, ya que a fuerza de golpes y picana se pierde la noción de las horas, los días, los años. Estaba muy dolorido. Hacía rato que había terminado la sesión periódica de “parrilla”.

Y lo vio. Fue como si la pared del calabozo se espejara. Pero no había reflejo. Mas bien era como si  estuvieran proyectando una película. Lo miró y él le devolvió la mirada.

—¿Y tu de dónde coño has salido? —dijo el otro.

—¿Y vos de dónde saliste? —preguntó él al unísono.

Detrás de la pared, que ya no existía, también era calabozo pero un poco más grande. Dos cuerpos yacían juntos, como amontonados. Más cerca, un hombre vistiendo harapos, magullado y con las indelebles marcas de la tortura reciente, como él; con barba descontrolada y cabello pegoteado, apelmazado de sangre seca, grasa y suciedad, también como él. El asombro duró solo un instante. Después, el hambre de compañía y el acostumbramiento de seres ya incapaces de sentir asombro pues ya han visto todo, hicieron que dejaran de lado todas las conjeturas lógicas.

—Jaime Spolski, un gusto, si eso se puede decir.

—José Amatria, republicano, combatiente del POR.

—¿Del POR?

—Partido Obrero Revolucionario, ¿No has oído de las milicias libres del POR?

—Sí, en los libros.

—¿Y tú?

—Yo soy… Era estudiante de derecho, Militante social, sin partido político, independiente.

—¿Pero cómo? ¿Con quién combatías?

—Hay una confusión ¿En que año crees vivir?

—En 1939 ¿En cuál si no?

—¿En que país?

—En España, por supuesto.

—No tan supuesto, yo estoy en Argentina, en 1977.

Hubo un mutuo gesto de asombro, pero duró muy poco. Ambos confraternizaron de inmediato.

Aceptaron la situación de encontrarse en una encrucijada de tiempo y espacio, pero hablaron sobre todo de cosas más urgentes, esenciales.

Trataron de convencerse mutuamente de sus ideales. Llegaron a la conclusión de que, por distintos caminos querían lo mismo.

El español se guardó para sí la propia calificación del otro: Un  idealista pequeño burgués, inocente, sin método ni ideología, creído en que sin la fuerza podría luchar contra el hambre y la miseria social organizada.

El argentino también se cuidó de decir que él ya conocía el resultado de la guerra, la derrota catastrófica de la Revolución Española.

—Te presento a los compañeros —dijo el español y se puso a sacudir a los tendidos.

—¡No! ¡Dejalos que duerman!

—¡Que va! ¡Despierten, coño, que tenemos visitas!

Los dos que estaban tumbados en el suelo, se sentaron.

—Son alemanes; no entienden casi nada de castellano; igual, yo te traduzco.

Se pusieron a conversar y cada uno contó sus motivos: los alemanes enteraron a Jaime de las actividades de las brigadas internacionales; de cómo habían cruzado los Pirineos desde Francia para tomar contacto con las milicias en lucha; de la importancia vital que tenía la defensa de la nueva República Española. Ellos no sabían, porque aún en su época no había sucedido, de la gran guerra, de todo lo que después pasó y de las catástrofes que sobrevinieron.

Ellos apenas sabían que existía un país en América del sur llamado Argentina, el país del gran Carlos Gardel.

El español sí sabía bastante de Argentina. Tenía parientes que le escribían desde la lejana Buenos Aires, de un pequeño lugar lleno de napolitanos llamado La Boca.

Y en esa encrucijada témporo-espacial floreció una hermandad de luchadores que en unos pocos minutos fueron compañeros de toda una vida, los cuatro  con un mismo horizonte.

También hablaron de los hijos, de los hermanos, de los compañeros que se quedaron en el camino y de los que habrían de continuar; de un porvenir venturoso y de una posteridad que se estaba moldeando. Lo decía como si compartieran la misma época y el mismo destino desde un lugar equidistante que ya no era más 1939 ni 1977 sino un punto de victoria segura en una curva del futuro de la humanidad. Así pasó la noche.

—¿Y qué va a ser de ustedes? —preguntó el argentino.

—Ya está amaneciendo —dijo el español. —En minutos nos espera la muerte por fusilamiento.

—Por lo menos ustedes tienen la certeza de saber cuándo van a morir; yo nunca sé que va a pasarme en el próximo minuto, y menos, cuándo mis carceleros me vendrán a buscar.

—También nosotros hemos sufrido torturas. Tengo tres costillas rotas, una incrustada en el pulmón izquierdo; éste (señaló a uno de los alemanes) ya no tiene uñas en los pies y le han arrancado un dedo. Franz (señaló al otro alemán) casi no puede incorporarse y menos caminar. Pero ya no importa. Todo,  porque se mantenga viva la República que es de vital importancia para el futuro de la humanidad.

Jaime les encontró razón, sabiendo el desenlace de la historia y les envidió las certezas que él no tenía. Al menos, ellos morirían seguros de lo que pensaban. Tenían una causa. Veían al enemigo de frente. Él, con las mejores intenciones había nadado en un mar de incertidumbres y vaguedades, donde no sabía quién era amigo y quien enemigo y donde nada estaba claro.

—Bueno, amigo, ya vienen por nosotros. Te despedimos hasta siempre. Recuérdanos —demandó el español.

—¡Hasta la Victorria! ¡No pasarrán! —improvisaron los alemanes en un forzado castellano arrastrado, infiltrado de erres.

Jaime vio como  se abrían unas puertas y eran llevados uno a uno los milicianos. Escuchó las descargas y los gritos: “¡Viva la República!”

Luego la pared volvió a ser de concreto color gris verdoso y enseguida los escuchó. Los pasos se acercaron; se abrió la puertita del calabozo. Eran los de siempre, pero esta vez lo llevaron a un cuarto distinto. Le aplicaron una inyección y mientras lo invadía la somnolencia escuchó que hablaban de un viaje en avión.

Dilemas. Certamen Nacional Letras de la SADE. Córdoba 2010

Alejandro José Ramón

A medida que avanzaban fueron perdiendo el aplomo. Siempre apareados habían ido cortando el paisaje absolutamente solitario. A la hora en que el sol esconde las sombras bajo las cosas, se apearon al amparo de un montecito tupido.

Mientras fumaban y charlaban se entretuvieron espantándose los tábanos. Los caballos bebieron del arroyo.

—Será mejor que averigüemos antes de acercarnos demasiado —dijo Santiago inquieto.

—En la Esquina de la Figura quizás sepan algo —advirtió Gregorio—. Habrá que estar alerta, cualquiera que nos encuentre podría pasarnos a degüello sin siquiera preguntar.

De repente se tumbó de panza. Estuvo un buen rato con la oreja pegada al suelo hasta que exclamó con voz contenida:

—Se acerca un montado al tranco.

Y como llevado por el diablo, trepó a un árbol para otear desde la altura.Apareció cerca de las dos de la tarde.

Iba inclinado hacia adelante, con la pera golpeándole contra el pecho como si tuviese la cabeza desmontada. Traía la camisa manchada de sangre en el lado izquierdo del vientre.

Santiago quiso salirle al encuentro.

— Sosegate —dijo Gregorio reteniéndolo de un brazo—, no sea cosa que por rastrearlo a él nos encuentren a nosotros. Mejor será que nos hagamos perdiz.

— A nadie se le niega ayuda en un trance así —balbuceó el compañero zafándose de la mano que lo demoraba.Detuvo su andar frente a ellos.

Abrazado al cogote el hombre se descolgó como chorreándose por la paleta. Al poner pie en tierra soltó un quejido. Llevaba la melena larga y casi todo el rostro cubierto por una barba enmarañada. Con el extravío de quien no sabe lo que hace se revolvió sobre sí mismo y, como no pudiendo negarse a la fuerza interior que lo obligaba, dio unos pasos abnegados, trastabilló y cayó. Respiraba entrecortado.

Le pusieron el poncho arrollado de almohada y le dieron a tomar del chifle.

— Estriba con el dedo gordo, ha de ser correntino —comentó por lo bajo Santiago.

A pesar de la prudencia el otro lo escuchó.

— Sí señor, correntino y a mucha honra —dijo con apenas un hilo de voz.

El caballo, que escarceaba cerca como a la espera de algo, bosteó junto a su cara. Entre ambos hicieron a un lado al herido.

— ¿Qué le ha pasado, amigo? —quiso saber Gregorio.

—Sargento Suárez, coracero de Lavalle, servidor. Me lancearon en un topamiento con los de López y Rosas en el Puente de Márquez. Se vinieron con la indiada. Eran muchos los desgraciados pero no les fue fácil. Por servicio ¿podría encenderme una picadura? —suplicó.

No paraba de babear una aguaza sanguinolenta por la herida.

Santiago armó el cigarro y lo encendió. Después se lo puso entre los labios resecos. Suárez dio una pitada corta, lo que le permitió el dolor.

— ¿Y los demás? —insistió Gregorio.

— Me les separé. No quise ser lamentación de nadie  —contestó.

Tenía el vientre hinchado. Resistía sin desesperar.

Se pasó la mano por la frente. El dolor le hacía forcejear de a ratos unos ¡Ajjj! que salían raspándole el garguero. A veces se acordaba de la madre de sus enemigos mascullando andanadas de lindezas.

Se apartaron unos pasos. Por un buen rato lo observaron sin articular vocablo.

—Ya ves —dijo Santiago volteándose para esconder la voz—, aquí cualquier pleito se arregla por las armas. En el año diez, después de la caída del virrey, la Junta debía solidar gobierno y darnos leyes. Corre el veintinueve y ni miras. Esto no tiene remedio.

Tenía la piel terrosa y los ojos secos. Tal vez fuese por efecto del humo que se le escapaba por entre los dientes, tal vez nunca haya tenido lágrimas.

— No es hora de pensar en leyes sino en aliviarlo de sufrimientos —murmuró Gregorio, y agregó—: Tendremos que hacerlo.

— ¿Hacer qué?

— Darle el tajo.

En ese momento lo oyeron toser. Enseguida se puso de costado.

— Ni lo pienses —se apuró a responder Santiago—, no estoy dispuesto a matar a quien no me ha hecho ningún daño.

— Peor es que muera así.

— Eso sería una herejía —replicó enérgico el otro.

— Mi padre sí que era por demás piadoso —recordó Gregorio—, una vuelta encontramos un moribundo abandonado por los indios y ahí nomás lo despenó.

Santiago quedó como encerrado en esas palabras. Luego dijo:

— Matar a un hombre por buena que sea la causa, es matar a un hombre. Para colmo de males ni cristiana sepultura tendrá.

Suárez había empezado a echar un líquido oscuro y maloliente por la boca. Entonces Gregorio volvió a porfiar:

— A mí me falta hiel para verlo sufrir de esta forma. Si no queda más remedio… Parados a sus pies se destocaron y santiguaron.

— Señor —imploró Santiago, —ten misericordia de este pobre desdichado que ha muerto sin confesión.

— Amén —exclamaron los dos a un tiempo.

El cielo, quieto allá arriba, traslucía sus nubes entre el follaje. Rodeados de un espeso silencio volvieron a santiguarse y se alejaron despacio, con los pensamientos a la rastra. Sin cruces ni palmatorias el finado quedó atrás, a la intemperie.