«Medir la distribución del ingreso es como un análisis de sangre a la sociedad»
ENTREVISTA realizada para el diario La Mañana de Neuquén por la periodista Mariana Percovich - julio 2004

 


Desigualdad social y la brecha entre ricos y pobres son los temas analizados en esta entrevista por Manuel Figueroa. Lo hace desde su amplia experiencia en la ONU y el estudio específico que realizó en el INDEC.

Buenos Aires > Manuel Figueroa trabajó 30 años para Naciones Unidas temas de desarrollo regional. En 1993 se alejó de la ONU y siguió trabajando este tema desde el INDEC, como asesor del senado, universidades y ONG´s. Publicó, entre otros, El desafío argentino. Un modelo autónomo de desarrollo; Economía de Poder, Una salida de la Convertibilidad. Y tiene en proceso de edición Argentina entrampada.
En esta entrevista, Figueroa analiza los últimos datos de desigualdad social, reconstruye la historia de cómo llegamos a esta enorme brecha que distancia a los argentinos ricos de los argentinos pobres y qué podemos hacer para detener el proceso.

La Argentina sigue ascendiendo posiciones en el ranking de desigualdad social de América Latina. El 10% más rico de la población se queda con el 38,6% de la riqueza, ¿cómo llegamos a esta situación después de haber tenido los 70 indicadores similares a los de países europeos?

Medir la distribución del ingreso es como hacerle una análisis de sangre a la sociedad. Permite saber si está sana o no. La últimas informaciones del INDEC muestran que en la Ciudad de Buenos Aires el 10% más rico de los habitantes se apropia de 50 veces más ingresos que el 10% más pobre. Entre los ’40 y los ‘60 teníamos el 50% de la riqueza nacional en manos del factor trabajo – de quienes aportan al proceso productivo su fuerza de trabajo, obreros, profesionales-. Hoy estamos en torno al 20, 21%. Esa distribución de la renta nacional entró en un gradual deterioro a partir de los ’50. Y a fines de los 60 el país cambia su modelo de apropiación del excedente: comienza a reducir la participación del trabajo en el ingreso y aumenta la participación del capital dentro del mismo. Para comprender este quiebre es necesario entender que el plano de la distribución es consecuencia de un proceso político que ocurre en la sociedad argentina, la lucha entre peronismo y anti peronismo. El peronismo tuvo su esplendor en la década de 1945 al 1955, cuando los puntos de la distribución del factor trabajo alcanzaron su máxima expresión. Las clases sociales que se vieron afectadas por las políticas activas del peronismo efectivamente reaccionaron a esas políticas que redistribuían ingresos y impulsaron el golpe del 55. Desde 1955 hasta los ‘70 se abre un periodo en que se deteriora esa relación, pero es a partir de los ’70 cuando la brecha entre ricos y pobres pasa a ser ostensiva.

¿Qué hizo el peronismo cuando llegó al poder?

Entre el 45 y el 55 la matriz política sufre una extraordinaria transformación: deja mayor espacio para la participación de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que son los dos fenómenos sociológicos que alteran la matriz de poder tradicional que venía del siglo XIX. En esa matriz, el poder fundamental era la tierra. Lo que en términos políticos daba sustento a una clase conservadora. El poder político de la tierra fue afectado por el peronismo. Perón necesitaba recursos públicos para financiar la industrialización, que se hizo inevitable una vez terminada la segunda guerra mundial y el ciclo de la expansión de los mercados agropecuarios argentinos. En los ’50, el 70% de la población estaba en zonas urbanas. El Argentina no aceleraba un proceso de diversificación productiva, no tenía ocupación para la mano de obra. La industrialización era inexorable, pero para hacerla se necesitaban recursos. Los recursos los captó Perón a través de ciertos mecanismos que incidieron sobre la renta de los factores tradicionales de poder. Pero no podía haber industria sin clase obrera, ni clase obrera sin sindicalismo. Lo que transformó a la clase obrera en incipiente factor de poder y generó reacciones en los otros elementos de la matriz tradicional. Esos sectores afectados por el peronismo son los que impulsan el golpe en el 55. Los sucesivos gobiernos civiles y militares que se sucedieron hasta el 74 no quisieron deteriorar la distribución del ingreso del factor trabajo. No obstante, las inestabilidades institucionales que vivió el país marcaron un inexorable retroceso del factor trabajo. En el golpe de 1976 cambia radicalmente la matriz política y el modelo económico de Argentina. Argentina se propone desde lo político arrasar con los símbolos del poder político del peronismo. El modelo político de 1976 intenta regresar a la Argentina agropecuaria del siglo XIX, eliminando las tensiones sociales de una clase social que reivindicaba mayor participación en el ingreso. La Argentina de Martinez de Hoz y del ciclo militar es un intento de regresar a la Argentina agroexportadora. En la esfera económica: la clase obrera retrocede y el país gradualmente va perdiendo los avances que había logrado en términos de industrialización. El modelo que comienza en el 76 culmina recién en la década de los 90.

¿En este intento de volver a la matriz del siglo XIX de una Argentina agroexportadora?

En la década del 90, el gobierno del presidente Menem asume en condiciones de un profundo deterioro institucional, producto de 40 años de crisis institucionales y después de la hiperinflación que terminó de desordenar todas las relaciones económicas. En 1989 el gobierno de Menem se hace cargo de un país absolutamente desestabilizado, desorganizado y quebrado. En un país plenamente desmantelado, ya a final de los 80 la capacidad operativa del gobierno era casi nula. La principal decisión de Menem fue transferir al sector privado la responsabilidad de construir el futuro de la nación. Ante la incapacidad de reconstruir lo público, privatizó el Estado. Para poder renegociar su deuda, el país procedió a la venta de su patrimonio público del cual se apropiaron grupos internos y externos. Y la convertibilidad, instituida por Cavallo, fue el seguro de cambio, se les aseguró a los poseedores del capital elevados retornos sin riesgo cambiario. Fue el mecanismo cambiario adoptado en los 90 para garantizar el excedente en términos de divisas. Ese proceso de privatizaciones y de convertibilidad estaba asociado a la apertura indiscriminada del comercio internacional y a la desregulación de los mercados. Eso fue una concepción plenamente integrada para permitir una flotación de la economía argentina en el contexto de los mercados internacionales. Argentina en los 90 se capitaliza mediante dos procesos: endeudamiento e inversiones directas.

Dentro de este modelo integral que se configuró en la década de los 90, ¿qué lugar ocupaba la desigualdad social y la pobreza? ¿Era una prioridad?

El tema de la pobreza va asociado al tema de la distribución del ingreso y al tema del desempleo. Es curioso pero los índices históricos del desempleo en la Argentina en los 70 era del 5, 6%. Argentina era un país estabilizado en términos de su mercado laboral. En la década de los 80, con el grave deterioro de la economía bajo el gobierno de Alfonsín, los índices de desocupación no llegaron a las dos cifras, se situaron entre 7 y 9%. La desocupación da un salto enorme a partir del segundo quinquenio de los 90. En los primeros años de la década, todavía el país podía contener la desocupación. La clase obrera había elevado sus ingresos en dólares. A partir del segundo quinquenio de los 90, es cuando aparecen las grandes crisis internacionales que golpean fuertemente a la Argentina. Se comienza a tornar más difícil el proceso de financiamiento vía endeudamiento y el desempleo comienza a elevarse.
Los avances tecnológicos hacen que hoy el trabajo no requiera tanta mano de obra, por eso algunos anuncian “el fin del trabajo”, ¿se puede aspirar a tener las mismas tasas de ocupación que en los 70?
Argentina tiene un nivel de desocupación que bordea el 20%, Incluyendo el importante contingente que está en los programas asistenciales. Este 20% da cuenta de la tragedia social que vive el país, este 20% es una cantera permanente de inestabilidad social. El drama mayor está en que lo que ocurre en Argentina no es exclusividad de Argentina, está sucediendo a nivel mundial. A partir de los 70, la expansión del capitalismo -con sus consecuentes procesos de interacción financiera, de tecnología, de mercados- lleva a que hoy las economías dependientes como Argentina sean economías que tienen muchísima dificultad para administrar las tecnologías. Cualquier proceso de automatismo de mercado en fronteras abiertas incorpora patrones tecnológicos que están diseñados para situaciones y contextos internacionales diferentes. No hay posibilidad alguna de que Argentina pueda volver a un desempleo del 4, 5,6 % como pudo haber sido en la década del 70. Los niveles de crecimiento que tendría que tener la economía para tales consecuencias son prácticamente imposibles de alcanzar. Lo que quiere decir que vía desarrollo espontáneo de los mercados Argentina no podrá resolver el problema social. Requeriría un volúmen tan inmenso de inversiones que no hay razón alguna para que el capital del mundo venga a este país, que además presenta enormes deficiencias institucionales y coeficientes de elevadísimos riesgos sobre la inversión, lo que coloca al problema social en una enorme dificultad. Las posibilidades de que Argentina logre resolver la cuestión social está asociada a otra manera de pensar. Las alternativas a las que el gobierno o los gobiernos tendrán que apelar no pasan por la terapia tradicional de recuperación del ciclo económico que es la tecnología que nosotros sabemos manejar. Argentina no está saliendo de un etapa depresiva del ciclo. Aún recuperándose la economía argentina al ritmo actual -que es profundamente elevado- la incidencia en la recuperación del desempleo y consecuentemente en la distribución del ingreso es prácticamente insignificante.
El razonamiento sería: la desigualdad creciente es causa del desempleo pero no podemos revertir este proceso reactivando la economía para que haya más empleo.
Es un poco más que eso. Para resolver la distribución desigual del ingreso inexorablemente hay que resolver el problema del desempleo, pero para resolver el problema del desempleo es necesario reordenar institucionalmente el país. No estoy pronunciándome por un cambio de sistema social que tiene absoluta inviabilidad práctica. Lo problemático de la situación Argentina y latinoamericana es, dentro del sistema actual social dominante, cuáles son los arreglos institucionales que necesitamos hacer. En ese sentido, creo que Argentina tiene una extraordinaria posibilidad de resolver estos problemas.

¿Qué sería reordenar institucionalmente el país?

En una economía globalizada como la actual, lo que se ha globalizado es el capital. En consecuencia, tenemos un modelo de acumulación en el que no existe inversión productiva en las pequeñas y medianas empresas. Allí no hay resto de inversión en magnitudes significativas. Las Pymes nacionales están caracterizadas por esa limitación de acumulación. ¿Qué domina la economía argentina? Fundamentalmente el segmento de grandes empresas multinacionales, que son las que controlan más del 50% del PBI y más de la mitad de las pautas salariales del país. Argentina debería retener el excedente que generan estas empresas en un porcentaje mayor para poder activar el proceso de inversión. Pero como estamos en una economía globalizada, el excedente que estas empresas generan son transferidos al exterior, dados los mecanismos de liberación financiera. Las empresas siguen acumulando en sus sedes matrices. Lo que queda en el país en términos de reinversión es muy poco. Otro drama que tenemos es que no hay ahorro posible en las familias, debido a que el 50% de la población está en estado de pobreza. Y las familias que pueden retener excedente los transfieren al exterior porque no existen mercados de capitales institucionalizados en Argentina. Y tampoco hay inversión pública porque el Estado está quebrado. Lo único que nos queda como fuente de inversión son las multinacionales que hacen una inversión mínima en función de sus necesidades internas y el resto lo transfieren al exterior. Se estima que los depósitos argentinos en el exterior equivalen a 140.000 millones de dólares, el valor del PBI anual. Creo que hay que dar lugar a un modelo de país con tres sistemas económicos convergentes. El primer sistema, una economía privada de libre mercado –un capitalismo competitivo bajo claras reglas de regulación establecidas por el Estado- que dinamice la producción. Por otro lado es necesaria una economía pública en donde el Estado recupere sus sectores vitales del proceso económico. No existe país que pueda pretender un mínimo nivel de autonomía si no tiene densidad de capital patrimonial. Chile nunca privatizó su cobre, México y Venezuela nunca privatizaron el petróleo y ni qué decir los países europeos. Argentina al perder toda densidad en patrimonio público se transformó en un parea internacional, no somos sujetos de crédito, no tenemos con qué garantizar ningún excedente. Cuando México tuvo su grave crisis en 1994, comprometió el flujo de sus exportaciones, porque el petróleo sigue siendo mexicano, y el mundo entero estuvo dispuesto a financiarlo. Si Argentina no se plantea como política de largo plazo recuperar una economía pública, no tenemos destino. El tercer régimen que necesitamos instituir es una economía social comunitaria donde el objetivo fundamental sea inducir y estimular la empresa pequeña y generar fuentes de trabajo social para absorber todo el desempleo. Esta economía social comunitaria significaría una revolución. En los mercados, los precios surgen del propio mercado, pero el mundo nos ha enseñado que también los países ordenan sus procesos sociales incorporando precios políticos. Y no por ellos los mercados dejan de funcionar. Argentina tiene que saber cómo manejar esto, no hay ninguna solución en las espontaneidades del mercado.

¿Qué motivos tendrían los sectores hoy beneficiados en el reparto de la riqueza para ceder parte de sus ingresos?

Se puede consensuar con los sectores de alta renta que participen de un proceso de reconstrucción social del país o si no lo quieren hacer en forma espontánea para que adelanten tributación a cuenta, para que esos recursos fiscales puedan servir para la recomposición de los ingresos en los sectores medios y bajos. Evidentemente en todas las sociedades los sectores más conservadores retienen sus recursos y están muy lejos de entender la actitud de redistribuir. El drama argentino es que el gobierno no tiene capacidad operativa para administrar un programa de transferencia del ingreso. Basta mirar las enormes dificultades que tiene el Gobierno para administrar el programa Jefas y Jefes que son solo 150 pesos para cada persona. Hay que recuperar la capacidad operativa del gobierno porque es imposible solucionar el tema de la pobreza si uno envía alimentos a una familia pobre y no llegan porque alguien se los roba en el camino.

 

 

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